Encarna iba como una moto, la lavadora emitía pitidos intermitentes porque ya había terminado el ciclo de lavado, la olla pitaba con los anillos visibles, lo que significaba que debía bajar inmediatamente la potencia de la placa; tenía las manos llenas de jabón porque estaba fregando una cazuela que no cabía en el lavavajillas; tocó varias veces el mando digital de la placa pero no le obedecía con el dedo mojado, fue a coger un trapo para secarse el dedo índice cuando sonó el timbre de la puerta con tanta insistencia que se asustó. Consiguió bajar el fuego y la olla fue aminorando su alarmante pitido. Con el trapo en las manos se fue hacia el recibidor y abrió la puerta.
Era un mensajero joven, con la cara llena de granos; el pelo rojo con rastas parecía un mocho dejado caer sobre la cabeza; llevaba un casco de moto en la mano y había un voluminoso paquete en el suelo. Mascaba chicle rumiando como una vaca.
- ¿Marina Sanfélix Cervera?
- No soy yo, es la vecina de enfrente.
Ya iba a cerrar la puerta cuando el muchacho interpuso un pie diciéndole:
- Espere, no cierre por favor. No hay nadie, ya lo he comprobado.
- Deben estar trabajando. Si me disculpa joven, tengo muchísimo trabajo y...
- Por favor, se lo suplico, es mi primer día de trabajo. Si devuelvo más de cinco paquetes
no me harán el contrato de prueba, y ya tengo cinco que no he podido entregar. Si
fuera tan amable, sólo tiene que firmar la recogida y yo le entro el paquete.
- Está bien.
- Gracias, muchas gracias señora, yo...
- Por favor, dese prisa.
- Sí, sí, disculpe; espere a que encuentre el albarán en el móvil, un momentito por favor,
¡Ya está! ¡Lo encontré! ¡Hale!, una firmita y ya está, ya la dejó tranquila. Aquí, sí, con el dedo. Gracias ¿eh? Me ha salvado el cuello, señora. Se lo dejó aquí al lado de la puerta. Muchas gracias. Adiós.
- Adiós, adiós.
Encarna cerró y volvió a la cocina; miró la olla, faltaban veinte minutos.
- A ver, ¿por dónde ibas Encarnita? -se preguntó en voz alta, como si así fuera a
acordarse mejor- ¡Ah sí! ¡La lavadora! Espero que no se me haya arrugado, con lo que
a mí me gusta sacarla enseguida para no tener que planchar tanto... voy a tender. A medio tender, oyó que la llamaba Puri, la vecina del segundo.
- ¡Encarna! Que soy Puri, ¿me oyes?
- Sí, te oigo, ¿Cómo no te voy a oír, con lo que gritas?. ¿Qué mosca te ha picado?
- Caray, Encarni, ¡qué mala leche traes, ¿qué te pasa mujer?
- Pues lo de todos los días, Puri, que esto es un no parar, hija.
- ¿Me puedes dejar una barra de pan?
- ¡Ay, el pan! Ya se ha olvidado ir a por el pan. Voy a bajar a comprarlo Puri. ¿Cuántas
barras quieres?
- Con una me apaño, ya si eso, te lo pago a final de semana, que Paco aún no ha
cobrado.
- No te preocupes, mujer. Me bajo pitando.
Encarna se quitó la bata y las zapatillas y se vistió rápidamente. Por suerte, el horno estaba en la esquina.
- ¡Pero bueno, Encarna! ¡Tú a estas horas, con lo madrugadora que eres!
- Hija, ¡el que no tiene cabeza tiene pies! Pues mi padre, que se ha vuelto a mear, tiene
la manía de quitarse el pañal y ¡bueno, qué te voy a contar!
- Buenas tardes, cuánto bueno por aquí. -dijo un señor con un bastón blanco que
arrastraba por el suelo de derecha e izquierda-.
- ¡Ay Evaristo, si nos pudieras ver, otro gallo cantaría! Dijo Amelia con guasa.
- Yo no puedo ver con los ojos pero os veo con los demás sentidos, y sé lo que me digo.
- Amelia, ¿tú lo de todos los días?
- Sí. Evaristo, ahora salgo y te pago, espera que acabe de despachar. ¿Cuántos te pongo Encarna?
- Yo aquí, como en el cielo. Huele que alimenta. Encarna, cómprame los dos últimos iguales para hoy, bonita, que ya verás cómo te cambia la suerte.
- Falta me hace, Evaristo. Ea, un día es un día, total, no vamos a salir de pobres. Ponme tres sobaos, Amelia.
Antes de llegar a casa, paró en el segundo y llamó a la puerta de Puri.
- Toma, el pan y de regalo un igual de Evaristo.
- Pero Encarna, mujer si tú ya sabes que...
- Chitón, no se hable más. Me subo a ver si se me ha quemado la comida, que hoy, no
sé yo.
- Gracias, Encarni.
- ¡Encarna! ¡Encarna! Que está sonando el teléfono, que no te enteras mujer, y eso que
el sordo soy yo.
- ¡Ya voy padre! ¿Diga?
- ¡Encarni! ¡Ay, Encarni!
- ¿Qué te pasa Puri? ¿Por qué lloras? ¿Te ha vuelto a zurrar Paco?
- ¡Que nos ha tocao, Encarni!, ¡Que nos ha tocao!
Fanny Romero Lucas
Era un mensajero joven, con la cara llena de granos; el pelo rojo con rastas parecía un mocho dejado caer sobre la cabeza; llevaba un casco de moto en la mano y había un voluminoso paquete en el suelo. Mascaba chicle rumiando como una vaca.
- ¿Marina Sanfélix Cervera?
- No soy yo, es la vecina de enfrente.
Ya iba a cerrar la puerta cuando el muchacho interpuso un pie diciéndole:
- Espere, no cierre por favor. No hay nadie, ya lo he comprobado.
- Deben estar trabajando. Si me disculpa joven, tengo muchísimo trabajo y...
- Por favor, se lo suplico, es mi primer día de trabajo. Si devuelvo más de cinco paquetes
no me harán el contrato de prueba, y ya tengo cinco que no he podido entregar. Si
fuera tan amable, sólo tiene que firmar la recogida y yo le entro el paquete.
- Está bien.
- Gracias, muchas gracias señora, yo...
- Por favor, dese prisa.
- Sí, sí, disculpe; espere a que encuentre el albarán en el móvil, un momentito por favor,
¡Ya está! ¡Lo encontré! ¡Hale!, una firmita y ya está, ya la dejó tranquila. Aquí, sí, con el dedo. Gracias ¿eh? Me ha salvado el cuello, señora. Se lo dejó aquí al lado de la puerta. Muchas gracias. Adiós.
- Adiós, adiós.
Encarna cerró y volvió a la cocina; miró la olla, faltaban veinte minutos.
- A ver, ¿por dónde ibas Encarnita? -se preguntó en voz alta, como si así fuera a
acordarse mejor- ¡Ah sí! ¡La lavadora! Espero que no se me haya arrugado, con lo que
a mí me gusta sacarla enseguida para no tener que planchar tanto... voy a tender. A medio tender, oyó que la llamaba Puri, la vecina del segundo.
- ¡Encarna! Que soy Puri, ¿me oyes?
- Sí, te oigo, ¿Cómo no te voy a oír, con lo que gritas?. ¿Qué mosca te ha picado?
- Caray, Encarni, ¡qué mala leche traes, ¿qué te pasa mujer?
- Pues lo de todos los días, Puri, que esto es un no parar, hija.
- ¿Me puedes dejar una barra de pan?
- ¡Ay, el pan! Ya se ha olvidado ir a por el pan. Voy a bajar a comprarlo Puri. ¿Cuántas
barras quieres?
- Con una me apaño, ya si eso, te lo pago a final de semana, que Paco aún no ha
cobrado.
- No te preocupes, mujer. Me bajo pitando.
Encarna se quitó la bata y las zapatillas y se vistió rápidamente. Por suerte, el horno estaba en la esquina.
- ¡Pero bueno, Encarna! ¡Tú a estas horas, con lo madrugadora que eres!
- Hija, ¡el que no tiene cabeza tiene pies! Pues mi padre, que se ha vuelto a mear, tiene
la manía de quitarse el pañal y ¡bueno, qué te voy a contar!
- Buenas tardes, cuánto bueno por aquí. -dijo un señor con un bastón blanco que
arrastraba por el suelo de derecha e izquierda-.
- ¡Ay Evaristo, si nos pudieras ver, otro gallo cantaría! Dijo Amelia con guasa.
- Yo no puedo ver con los ojos pero os veo con los demás sentidos, y sé lo que me digo.
- Amelia, ¿tú lo de todos los días?
- Sí. Evaristo, ahora salgo y te pago, espera que acabe de despachar. ¿Cuántos te pongo Encarna?
- Yo aquí, como en el cielo. Huele que alimenta. Encarna, cómprame los dos últimos iguales para hoy, bonita, que ya verás cómo te cambia la suerte.
- Falta me hace, Evaristo. Ea, un día es un día, total, no vamos a salir de pobres. Ponme tres sobaos, Amelia.
Antes de llegar a casa, paró en el segundo y llamó a la puerta de Puri.
- Toma, el pan y de regalo un igual de Evaristo.
- Pero Encarna, mujer si tú ya sabes que...
- Chitón, no se hable más. Me subo a ver si se me ha quemado la comida, que hoy, no
sé yo.
- Gracias, Encarni.
- ¡Encarna! ¡Encarna! Que está sonando el teléfono, que no te enteras mujer, y eso que
el sordo soy yo.
- ¡Ya voy padre! ¿Diga?
- ¡Encarni! ¡Ay, Encarni!
- ¿Qué te pasa Puri? ¿Por qué lloras? ¿Te ha vuelto a zurrar Paco?
- ¡Que nos ha tocao, Encarni!, ¡Que nos ha tocao!
Fanny Romero Lucas
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