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LA LATA DE SARDINAS

  - ¿No deberíamos despegar ya? -  Creo que sí,  e staremos esperando pista  o algo así. -  Ya han pasado veinte minutos. Es extraño ¿No te parece? -  Un poco,   pero ten en cuenta que estamos en agosto, el mes de vacaciones por excelencia. - Claro, no había caído en ese detalle...  - ¿Has oído, Mari Pepa? - ¿Qué tengo que oír, Tomás? -  Lo   que están  diciendo  los  de  atrás. -  No he oído nada, Tomás. Y tu tampoco deberías escuchar conversaciones privadas. - Algo pasa, Mari Pepa. Algo va mal. - ¿Eso han dicho? - No así, pero parecido. No teníamos que haber subido a este trasto, Mari Pepa. - Es un avión, Tomás. Hay miles de ellos volando todos los días. La gente  viaja. No como tu y yo, que nunca hemos salido del pueblo. Y gracias a los chicos, que nos regalaron este viaje, que si no llega a ser por ellos... - ¡ En qué mala hora me dejé convencer! Los únicos que saben volar son los pájaros. ¡Estamos en un...
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LA PREHISTORIA

  Las primeras bocanadas de libertad crean adicción. Muchas veces me vienen a la memoria recuerdos de mi segundo año de instituto. Creo que ese curso cambió mi forma de ver la vida. Tras los muros de aquel edificio corría un cierto aire de libertad mientras la dictadura española daba sus últimos coletazos. -  ¿Marina? Berta. ¿Dónde te pillo? ¿En Urano? Ah, de congreso. Yo bien, sí, muy bien. Pues muy cerquita, en Neptuno. Sí, tenía unos días libres. Cuando quieras. Yo también. Sí, claro; puedo coger el bus interplanetario. Cinco microsegundos. Vale. En tu hotel. Mándame la ubicación. Hasta luego, guapa. Los profesores no se parecían en nada a los del colegio. Pensándolo bien, algunos eran  verdaderos bichos raros. A la mayoría les llamábamos por sus motes. -  Hola Marina, cuánto tiempo. Sí, ¡ Hacía tanto  que no  nos veíamos!  Yo también te veo  estupenda. ¿A quién? ¡No me digas! No te lo vas a creer, precisamente hace un ...

LA VENDIMIA (cuarta y última parte)

  Nunca olvidaré el año que huí de mi casa para vendimiar en Francia. Sólo esperaba trabajar como una burra para ganar unos francos que ahuyentaran la miseria que nos consumía. Sin embargo, mi destino cambió de rumbo sin pretenderlo.  Aprendí mucho en aquella vendimia. Descubrí que la libertad, el compañerismo, la generosidad, la unión que hace la fuerza, el deseo y el amor conviven con la mezquindad, la venganza, la envidia, la mentira y el odio. Pocos días después que Manuel saliera del calabozo la vendimia tocaba a su fin. Entre todos estuvimos organizando la fiesta de despedida que quedó tan grabada en mi memoria. Marie llegó corriendo con Adela. Cuando vio a Vicente postrado tras la paliza que le había propinado su marido, se sentó a su lado anegada en un llanto tanto tiempo retenido que parecía no tener fin. Cuando se calmó le contamos nuestro plan. Lechuga, ayudado por Celine entraría en el cuarto de Violette en búsqueda de alguna prueba que la pudiera delatar. Monsi...

La Vendimia (tercera parte)

  Matilde no dejaba de pensar en la misiva. Después de leer su contenido se preguntaba quién podría ser el mensajero anónimo. No esperaba algo así. ¿Por qué se sentía decepcionada? ¿Qué esperaba que fuera? Estaba tan ensimismada que no se dio cuenta de que todos la estaban mirando. -  Matilde, hija, te estamos hablando y estás en la higuera. ¡No estarás pensando aún en el numerito de hoy! - No, no es eso. El comentario de Violette me ha dado rabia pero esa mala pécora no deja de ser sólo la que limpia la mierda de los Raspail. Y perdona Céline, que esto no va contigo, ya sabes que te aprecio.   El abuelo miró a Lechuga, con un gesto de grato asombro.  - Tranquila, Matilde. -contestó Céline- Conozco de sobra a Violette, yo tampoco la soporto. Y créeme, vivo con ella todos los días del año. - El que no tiene conciencia de clase, es un ignorante o un idiota. -dijo el abuelo apurando la última calada con el fuego casi en los labios-. -  La verdad, yo creía que Fra...

LA VENDIMIA (segunda parte)

 –   ¡Chica, qué prisas, si acabas de llegar! -dijo Elia. ¿No puedes dejarlo para mañana, Matilde?  –   Voy a mandar la carta, que mañana es domingo. Enseguida vuelvo. Uno de los valencianos que habían estado con ellas en el trayecto del tren se ofreció a acompañarla pero ella le dijo que prefería ir sola. Lo cierto es que Matilde le había estado observando durante el viaje. Al principio sólo porque él no le quitaba la vista de encima. Era bien parecido pero había algo en su mirada profunda que atraía a la muchacha y le inquietaba a la vez; tenía el aire de quien lo ha visto todo y no teme a nada. Manolo, quien organizaba el grupo, le indicó cómo encontrar la oficina de correos. No estaba lejos y la encontró fácilmente. Asió la manivela de la puerta y se topó con Manuelillo, como le llamaba Lola, la recién casada. Era casi un niño, pero el más cabal que había visto en su vida. Su triste madurez le provocaba ternura. Tendría la misma edad que su hermano Álvaro, mue...

LA VENDIMIA (primera parte)

- Matilde ¿Aún estás así? ¡Vamos, date prisa! Nos están esperando para ir todos   juntos al pueblo. Sólo faltamos nosotras. - Id sin mi, Gemma. Le prometí al padre Mateo que escribiría nada más llegar. De no     ser por él no estaría aquí. En cuanto acabe voy. - Bueno, pero no tardes ¿eh? - Anda, vete ya, pesada -le dijo entre risas-  cuanto antes empiece, antes acabaré.  El grupo se fue alejando al compás de la algarabía. Matilde, acompañada por el canto de las cigarras, empezó a escribir:  «Queridos padres: Les escribo estas líneas para pedirles perdón por haberles desobedecido. Espero que no hayan padecido mi ausencia, pues el padre Mateo me aseguró que les contaría la verdad antes de que me echaran en falta. Y no le culpen, pues todo lo que le dije fue en secreto de confesión. El trasiego de autobuses hasta Valencia fue pesado, sin embargo, el viaje en tren ha sido una delicia; no se imaginan lo bonito que es ver cómo van cambiando los paisaje...

RELATO SIN USAR LA "I"

Un bello reno vaga por el bosque dejando sus huellas sobre el manto nevado. Muerto de hambre busca alguna hoja para comer. Remueve el terruño helado horadándolo con la pezuña. No encuentra nada, sigue buscando. Sus ojos grandes se cruzan con los de una pequeña hembra tan muerta de hambre como él. Durante algunas jornadas se encuentran hasta que la hembra es capaz de contener su reparo. Se acercan cada vez un poco más, sus cabezas se rozan. El reno descubre un puñado de hojas frescas junto al tronco de un árbol. Camina hasta la hembra empujándola hasta la fronda para comer. Mascan despacio, es poco, lo justo para aplacar el hambre feroz. La luna avanza las noches. El sol, despertando el bosque, va tornando la capa nevada en agua. Todo vuelve poco a poco a cobrar su estampa verdosa. Asoman modestas las flores, brotan tallos nuevos. Las amapolas colorean el suelo de sangre; los renos se adormecen junto al arroyo. Fanny Romero Lucas.