YO RECUERDO
Desde muy pequeña me infundió miedo. Sus recuerdos con él eran intermitentes, como flashes que iluminan una escena en la oscuridad. La casa se convertía en un campo de batalla cuando él aparecía y el recuerdo de una paliza con una correa se me quedó grabado a fuego. Recuerdo los gritos de mi madre.«¡Déjala ya por el amor De Dios, que la vas a matar!»
Recuerdo sus ausencias. Le echaba de menos; no como el hombre lejano y severo que yo percibía, sino como el padre cariñoso y cómplice que me hubiera gustado tener.
Recuerdo mi angustia cuando mi madre me mandaba al bar para que le dijera que el arroz se estaba enfriando, mi vergüenza al entrar, la náusea que me producía el olor a vino de barril y serrín. Hasta bien mayor no he sido capaz de saborear un buen vino.
Recuerdo su obsesión por hacerme sumar y restar de cabeza y que yo no podía hacerlo porque los nervios me dejaban la mente en blanco e incapaz de articular palabra. Él se jactaba de hacerlo muy bien y quizás deseaba que yo lo hubiera heredado.
Recuerdo vivir las nochebuenas como fiestas tristes, tan distintas a las de la televisión.
Recuerdo despertarme de noche con el tictac del relé de la luz de la escalera, reconocer sus pisadas subiendo y oír el llavero tintineando hasta que la llave entraba en la cerradura. Después oía la tele y me llegaba el humo del tabaco que fumaba sin cesar. A veces me asustaba el humo de algo que ardía y me quedaba en vilo hasta que se iba disolviendo y caía en la cuenta de que había quemado la cajetilla y el envoltorio del paquete de tabaco.
Recuerdo su manera inquieta de conducir, cómo me quedaba rígida en el asiento cuando oía el intermitente, sentía el rugido del motor acelerado y se ponía a adelantar con el tiempo justo de regresar al carril entre los pitidos del vehículo que venía en sentido contrario.
Recuerdo los bolsillos de sus camisas llenos de boletos de lotería. Siempre llevaba una serie del mismo número y siempre se quejaba de que nunca tocaba. Justo la semana que tocó, se había enfadado con el ciego que los vendía y sólo le compró un décimo porque el ciego insistió.
Recuerdo que por fin podíamos comprar un piso pero se arrepintió y acabó perdiendo casi dos millones de pesetas del año setenta y nueve en el bingo.
Recuerdo que se prejubiló a los sesenta años y le cogió gusto a ir al pueblo para plantar naranjos en el trozo de huerta que le tocó a mi madre. ¡A la vejez viruela! Pensé. Pero me hizo ilusión ver los naranjos plantados de nuevo porque me hacían recordar a mi abuelo cuando los regaba abriendo y cerrando caballones perfectos con la azada.
Recuerdo su última bofetada porque le dejé en mal lugar al unirme a la huelga de los empleados de la tienda donde trabajaba, gracias a él, sin contrato porque no cumplía la edad, en las vacaciones de verano y navidad para poder seguir estudiando.
Recuerdo que no podía estar en casa más tarde de las nueve y que me prohibió ir por su calle con esos hippies andrajosos y peludos que eran mis amigos.
Recuerdo que me fui de casa con dieciocho años sin atreverme a decírselo.
La vida de excesos le pasó factura y le ingresaron porque vomitaba sangre.
Recuerdo que murió de repente cuando parecía que ya se había recuperado.
Recuerdo que sentí tristeza, pero no de su propia ausencia, sino de la ausencia del padre que todo hijo merece y no tuve. Aunque fui capaz de perdonarle, nunca he ido a visitar su tumba.
Fanny Romero Lucas
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