UNA HISTORIA DEL CORONAVIRUS (Fanny)
Al séptimo día de confinamiento en casa, mi marido se subía por las paredes. Creo que esta pandemia está poniendo el mundo patas arriba y desgraciadamente, a demasiadas personas con los pies por delante. Es la peste del siglo veintiuno.
Miguel está inquieto; se levanta temprano, hace una tabla de ejercicios de una hora, baja a por el periódico, sube los siete pisos por las escaleras y todos los días, menos cuando tengo guardia, baja a comprar.
Mis hijos se encargan de sacarme de la cama. Beatriz, con sus nueve años está hecha una señorita, como dice mi padre. Pablo acaba de echar a andar y está loco de contento siguiendo a su hermana como un pato mareado.
Bea con ayuda de su padre ha pintado un mural con un arcoíris apoyado en dos nubes sonrientes y un letrero que dice: «Si te quedas en casa mi mamá curará más enfermos» Pablo ha contribuido estampando sus manitas junto a las de su hermana.
La guardia está siendo sumamente difícil. Ya he salido cuatro veces a comunicar a los familiares que no podemos hacer nada más. Estamos todo el equipo luchando contra reloj y nos está ganando la muerte. Cuando paré para cenar vi un mensaje de Miguel. Era un vídeo de todos los vecinos asomados a sus balcones y ventanas aplaudiéndonos con fervor. La cena me supo más salada mezclada con las lágrimas que resbalaban hasta mi boca.
Estos días valoro mucho más lo verdaderamente importante de la vida: Mi familia, mis padres, mis hermanos, mis amigos, mis compañeros, mis pacientes, mis vecinos. Se me hace duro tener que ver a mis padres por videoconferencia. Noto su miedo pero se desviven por concentrar en unos minutos todo su amor hacia nosotros. Mis hijos esperan la llamada como una fiesta; mi padre cada día les hace un truco de magia aunque Bea casi siempre le pilla, mi madre cada día les lee un cuento. Cantamos juntos, reímos juntos y Pablo se asoma a mirar detrás de la pantalla y me dice con esos ojazos de asombro «No tan»
Fanny Romero Lucas
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