Nunca olvidaré el año que huí de mi casa para vendimiar en Francia. Sólo esperaba trabajar como una burra para ganar unos francos que ahuyentaran la miseria que nos consumía. Sin embargo, mi destino cambió de rumbo sin pretenderlo.
Aprendí mucho en aquella vendimia. Descubrí que la libertad, el compañerismo, la generosidad, la unión que hace la fuerza, el deseo y el amor conviven con la mezquindad, la venganza, la envidia, la mentira y el odio.
Pocos días después que Manuel saliera del calabozo la vendimia tocaba a su fin. Entre todos estuvimos organizando la fiesta de despedida que quedó tan grabada en mi memoria.
Marie llegó corriendo con Adela. Cuando vio a Vicente postrado tras la paliza que le había propinado su marido, se sentó a su lado anegada en un llanto tanto tiempo retenido que parecía no tener fin.
Cuando se calmó le contamos nuestro plan. Lechuga, ayudado por Celine entraría en el cuarto de Violette en búsqueda de alguna prueba que la pudiera delatar. Monsieur Raspail, incapaz de negarle algo a su hija, sería el encargado de entretener a la criada con una cita en la bodega. Sólo quedaba confiar en que la suerte nos sonriera y no pudo ser más favorable, pues Lechuga encontró una carta dirigida a Marie pidiendo una gran suma de dinero a cambio de no revelar a Pierre que el niño no era suyo.
La carta que recibí sin remitente, llena de insultos y amenazas, también resultó ser de Violette.
Manolo, Aurelio y Céline fueron a ver a su padre para contarle lo que habían descubierto. Monsieur Emile quedó muy sorprendido, pues nunca había dudado de la lealtad de Violette, asegurando que jamás sería capaz de comprender a las mujeres. Prometió comunicar al instante los hechos a Monsieur Rigal, quien estaba de muy mal humor tras los últimos acontecimientos.
A la mañana siguiente Monsieur Raspail no apartaba la vista de Violette fingiendo un interés que no tenía. Ella, segura de que Emile sentía lo mismo que ella, tras la cita en la bodega, se sentía tan satisfecha de su triunfo que descuidó su disimulo. Emile pudo ver al fin cómo Violette tiró y pisoteó varios cestos de uvas acusándonos a Manuel el de Aurelio y a mí.
- Violette, ¿Puedes venir un momento? -llamó el señor Raspail-
- ¡Por supuesto, Monsieur! ¿qué se le ofrece?
- Estás despedida -dijo Raspail-.
- ¿Cómo dice, Monsieur? -preguntó ella incrédula-.
- Ya me has oido Violette: Estás despedida. Desde este momento ya no trabajas para mí. Vete ahora mismo, recoge tus cosas y procura dejar el pueblo lo antes posible. Puedes dar gracias de que no te denuncie, pero si te vuelvo a ver te aseguro que lo haré. Tengo pruebas de todas tus artimañas.
Violette nos miró con odio mientras observábamos la escena, nos maldijo y escupió en el suelo antes de irse como alma que lleva el diablo.
Todos cuchicheábamos satisfechos hasta que Manolo dijo:
- ¡Vamos! todo el mundo a trabajar con ahínco, que tenemos dos manos menos.
- Cuando paramos a comer Adela se sentó a mi lado.
- ¡Qué gusto, chica! Por fin se acabaron las ponzoñas de Violette.
- Me hubiera gustado saber qué le hice para que la tomara así conmigo.
- Ya te lo digo yo, Matilde, darle celos. Violette llevaba años queriendo ser Madame Raspail.
- ¡Menuda tontería! - dije -. ¿Qué tenía que ver yo en eso?
- Raspail no paraba de mirarte, le hacías tilín y Violette se dio cuenta enseguida.
- Pues yo no tenía ni idea.
- Claro mujer, tú sólo tienes ojos para el valenciano.
Me puse colorada y nos reímos a carcajadas. Lola se levantó y se acercó a nosotras.
- ¿Os importa que me siente con vosotras? Hoy necesito alegría.
- ¿Qué te pasa Lola? ¿No te encuentras bien?
- Pasa que estoy esperando... Me lo dijo ayer el doctor.
- ¡Pero si es una noticia estupenda! -Dijo Matilde- ¿No queríais tener hijos?
- ¡Claro que queremos chiquilla! Pero Manolo me dijo anoche que es el padre del hijo de Marie.
- ¡Ay, Lola! ¡Qué burros son los hombres! ¿No tenía otro momento? -dijo Adela-.
- Me juró llorando que sentía mucho no habérmelo dicho antes de la boda, pero tuvo miedo de que no me quisiera casar. Después quiso contármelo muchas veces pero tenía miedo de que acabara odiándole. Por fin anoche me dijo que prefería que lo oyera de su boca antes de que otro me lo contara, sobre todo después de lo que le pasó a Vicente.
- ¡Perdónale mujer! -dijo Adela-, se nota a la legua que está loco por ti. Y al fin y al cabo ha sido honesto.
- Me cuesta hacerme a la idea, no he pegado ojo en toda la noche, pero le he perdonado, no quiero que mi hijo crezca chupando rencor.
- Yo no paro de repetirle a Marie que se lo cuente a su marido -Dijo Adela- Pierre es un pedazo de pan. Está loco por ella y el crío y ya sabéis lo bien que se porta con todos nosotros. Yo creo que lo sabe y se hace el desentendido. Pero vivir con mentiras no es bueno. El tiempo acaba poniendo todo en su lugar y la verdad termina asomando.
- ¿Por qué crees que el Pierre lo sabe? -preguntó Lola-.
- Que dios me perdone Lola, pero el niño es clavadito a tu Manolo.
- Ya, si no sé pa qué pregunto…
La fiesta de la Vendimia fue un éxito. Mi paella fue muy alabada por todos. Había mucha comida y el vino corría a raudales. Después hubo baile. Enrique me miraba desde lejos con su media sonrisa. Apuró su última calada y me cogió por la cintura. No paramos en toda la noche; era mejor bailarín de lo que me imaginaba.
Ya de madrugada fuimos a los viñedos y yacimos en la tierra, tan empapados de gozo como habíamos sudado vendimiando. Esa fue mi primera vez y muchas veces vuelvo a revivirla. Mi amiga Gemma me esperaba despierta, y me confesó apenada que no quería volver a casa. Yo tampoco.
A la mañana siguiente, Céline y su madre entraron mientras recogíamos.
- Necesitamos una cocinera y una doncella, ¿Qué os parecería trabajar para nosotras?
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