- Matilde ¿Aún estás así? ¡Vamos, date prisa! Nos están esperando para ir todos juntos al pueblo. Sólo faltamos nosotras.
- Id sin mi, Gemma. Le prometí al padre Mateo que escribiría nada más llegar. De no ser por él no estaría aquí. En cuanto acabe voy.
- Bueno, pero no tardes ¿eh?
- Anda, vete ya, pesada -le dijo entre risas- cuanto antes empiece, antes acabaré.
El grupo se fue alejando al compás de la algarabía. Matilde, acompañada por el canto de las cigarras, empezó a escribir:
«Queridos padres:
Les escribo estas líneas para pedirles perdón por haberles desobedecido. Espero que no hayan padecido mi ausencia, pues el padre Mateo me aseguró que les contaría la verdad antes de que me echaran en falta. Y no le culpen, pues todo lo que le dije fue en secreto de confesión.
El trasiego de autobuses hasta Valencia fue pesado, sin embargo, el viaje en tren ha sido una delicia; no se imaginan lo bonito que es ver cómo van cambiando los paisajes a través de la ventana del vagón. Y no se preocupen por los vendimiadores que son gente buena, sencilla y dispuesta a echar una mano cuando se les necesita. La mayoría son andaluces risueños y dados a compartir sus víveres.
El tren que cogimos en Perpiñán no tenía comparación con el que que cogimos en Valencia. Francia es otro mundo comparada con España. La comida que nos dan es abundante y las habitaciones están limpias, los colchones no sé de qué están hechos pero no sé hunden como los de lana.
No han de preocuparse porque hombres y mujeres estamos en edificios separados. Las mujeres compartimos un baño donde abres un grifo y te duchas con agua caliente, hay dos pilas para lavarse y una especie de silla para evacuar que echa agua tirando de una cadena. Si no lo veo no lo creo, parece cosa de magia.
El pueblo es bonito, tiene un nombre larguísimo "Lezignan-Corbières. Esta región es famosa por sus bodegas de buen vino. Los dueños de la tierra y la gran casa que aquí se llama Chateau son la familia Rigal. El capataz Raspail y su familia se ocupan de organizar la vendimia y de nuestro acomodo con ayuda de su doncella. Céline que es La hija del capataz tiene mi edad, es muy amable con nosotras, sabe español y trabaja como uno más. El domingo nos dejan la mañana libre para ir a misa. El padre Delón es muchísimo más joven que el padre Mateo pero tiene un semblante severo, nada que ver con nuestro párroco.
La semana que viene les mandaré una postal para que vean lo bonito que es esto. Ya sé que no estoy de vacaciones y que trabajamos duro, pero no es peor que coger aceitunas del suelo con el frío o la nieve.
No se lo creerán pero estoy cogiendo rápido el francés porque me suena al valenciano.
Espero que esta carta les tranquilice y me perdonen, no me gusta desobedecerles pero el dinero que gane nos vendrá muy bien. Padre, usted sabe que no le llevo nunca la contraria, pero quiero demostrarle que puedo ayudar. Yo sé su valía. Usted y madre son trabajadores incansables; no hay mayor experto en aceite de oliva en la comarca que usted. Pero nunca ha tenido suerte, si hubiera vendido todo el aceite que le requisa la guardia civil, otro gallo nos cantaría. Ya me gustaría saber quien les da los chivatazos y por qué le tienen tanto odio.
Esta carta se la leerá don Benito, mi querido maestro. Me gustaría que me perdonen por escaparme. Quisiera saber de ustedes, pueden decirle a don Benito lo que me dirían a mi y él me mandará la carta con agrado. No padezcan por mi, ya saben que soy más fuerte de lo que aparento y sé cuidar de mí misma.
Sin más, deseando que estén todos bien me despido. Les quiero muchísimo y les llevo en el pensamiento y el corazón
Muchos besos de su hija
Matilde».
Dobló cuidadosamente la carta y la guardó en el bolso. Se vistió y anduvo hasta el pueblo. No le costó nada encontrar a sus compañeros guiada por el sonido alto y alegre de sus voces en la terraza de un bar.
- Por fin has llegado Matilde -dijeron Maruja y Elia- toma asiento con nosotras.
- En cuanto haga un recado. ¿Alguien sabe dónde está correos?
Fanny Romero Lucas
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