– ¡Chica, qué prisas, si acabas de llegar! -dijo Elia. ¿No puedes dejarlo para mañana, Matilde?
– Voy a mandar la carta, que mañana es domingo. Enseguida vuelvo.
Uno de los valencianos que habían estado con ellas en el trayecto del tren se ofreció a acompañarla pero ella le dijo que prefería ir sola.
Lo cierto es que Matilde le había estado observando durante el viaje. Al principio sólo porque él no le quitaba la vista de encima. Era bien parecido pero había algo en su mirada profunda que atraía a la muchacha y le inquietaba a la vez; tenía el aire de quien lo ha visto todo y no teme a nada.
Manolo, quien organizaba el grupo, le indicó cómo encontrar la oficina de correos. No estaba lejos y la encontró fácilmente. Asió la manivela de la puerta y se topó con Manuelillo, como le llamaba Lola, la recién casada. Era casi un niño, pero el más cabal que había visto en su vida. Su triste madurez le provocaba ternura. Tendría la misma edad que su hermano Álvaro, muerto de tosferina.
– Hola Manuel. ¿te vas?
– Sí, ya he comprado la postal para mi madre.
– Me da un poco de vergüenza entrar, Manuel. No sé nada de francés. ¿Me podrías hacer de intérprete?
– ¡Claro Matilde! Vamos, el cartero es muy amable. Se llama Thierry. Me va a enseñar a a leer y a escribir -le confesó sonrojado-
– ¡Pero Manuel! ¡No has de sentir vergüenza por eso! Casi toda España es analfabeta. Tú eres un chico listo. ¡Si hasta sabes hablar francés sin haber estado nunca aquí! Ya verás como aprendes enseguida. Me alegra que quiera ayudarte. Por suerte todos los franceses no nos tratan como si fuéramos gentuza.
– ¡Oh, la la! Veo que mi joven amigo vuelve con una linda demoiselle española.
– Matilde, para servirle. -dijo ella tendiéndole la mano-
– ¿Qué se le ofrece? -dijo el cartero con una sonrisa que le subió el mostacho-.
Matilde sacó la carta del bolso y se la tendió.
– Quiere enviar la carta y le falta el sello -dijo Manuel-.
– ¡Très bien! -dijo Thierry- Vamos a ver. Falta la dirección en el remite. Manuel, dile que se la escribiré y la pondré en la saca. Dile también que se lo apunto, que ya haremos cuentas cuando cobre.
A Matilde le dio un poco de vergüenza. Sus abarcas desgastadas y su vestido descolorido de tantos lavados mostraban su pobreza.
La semana siguiente fue la más dura. Madrugaban mucho y trabajaban sin descanso, tan solo paraban a comer un poco de pan con queso y fruta sin tertulia, porque enseguida volvían a trabajar.
Al principio los nuevos eran reprendidos a menudo porque no cortaban bien los racimos. Pero Matilde era orgullosa y tozuda y aprendió rápidamente a hacerlo bien y a llevar un buen ritmo. Cuando llenaba su capacho silbaba tan fuerte como los hombres, o eso es lo que le decía Maruja. Algún hombre se acercaba con un gran cesto en la espalda y ella vaciaba su capacho. Cuando los grandes cestones estaban llenos eran vaciados en el remolque de un camión.
Los últimos días de agosto eran muy calurosos. Matilde se recogía las dos grandes trenzas sobre su cabeza y se ponía un pañuelo bajo el sombrero de paja. Cuando las fuerzas desfallecían, Lola comenzaba a cantar coplas y Matilde la seguía.
Por las tardes daban una vuelta por el pueblo. Thierry les esperaba sonriendo con la pipa bajo el mostacho y saludaba amablemente a Matilde cuando acompañaba a Manuel.
– Matilde, tienes correo -le dijo Thierry- –
– ¡Qué raro! -dijo Matilde- Si hace dos días llegó la carta del pueblo. Espero que no haya pasado nada.
El remite estaba en blanco. Le dio la vuelta y la miró con atención; tanto el sello como el matasellos eran franceses.
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