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La Vendimia (tercera parte)

 Matilde no dejaba de pensar en la misiva. Después de leer su contenido se preguntaba quién podría ser el mensajero anónimo. No esperaba algo así. ¿Por qué se sentía decepcionada? ¿Qué esperaba que fuera? Estaba tan ensimismada que no se dio cuenta de que todos la estaban mirando.

Matilde, hija, te estamos hablando y estás en la higuera. ¡No estarás pensando aún en el numerito de hoy!

- No, no es eso. El comentario de Violette me ha dado rabia pero esa mala pécora no deja de ser sólo la que limpia la mierda de los Raspail. Y perdona Céline, que esto no va contigo, ya sabes que te aprecio. 

El abuelo miró a Lechuga, con un gesto de grato asombro. 

- Tranquila, Matilde. -contestó Céline- Conozco de sobra a Violette, yo tampoco la soporto. Y créeme, vivo con ella todos los días del año.

- El que no tiene conciencia de clase, es un ignorante o un idiota. -dijo el abuelo apurando la última calada con el fuego casi en los labios-.

-  La verdad, yo creía que Francia sería muy distinta a España, pero veo que los prejuicios y el rechazo son iguales. -dijo Manuel el de Aurelio-. Esta tarde le hubiera dado un buen puñetazo a Gerard el tendero. ¡Menudo usurero! ¡Ocho francos por tres huevos y cuatro patatas!

- ¡Tú a callar, Manuel! A fin de cuentas, es su negocio y puede hacer lo que quiera con él. Menos discursos, que no sabes “ná” del mundo y a trabajar, que es a lo que hemos venido.

Manuel se levantó y se acercó a su padre con la mirada desafiante. 

- ¡No entiendo cómo puede defenderle, padre! Soy tan hombre como usted a la hora de trabajar. ¡No me haga callar como si fuera un niño!

Le dio una patada a la silla y se marchó furioso. Que su padre le regañara delante de Céline y los demás fue demasiado. 

- No tiene razón, señor Aurelio. Ustedes vienen a trabajar para ganarse unos francos y su dinero vale lo mismo que el nuestro 

-dijo Céline levantándose para ir tras Manuel-

- Gerard no tiene derecho a cobrarnos el doble por ser temporeros emigrantes. -dijo Lechuga-.

- Vosotros dos, a ver si dejáis en paz a mi Manuel y os guardáis vuestras ideas. Por culpa de tipos como vosotros hemos pasado una guerra y estamos como estamos.  

- Aurelio, -dijo el abuelo- estoy hasta los cojones de que nos culpe de todo. Su hijo tenía ojos y sus propias ideas mucho antes de conocernos. En cuanto a usted, no hay mayor ciego que el que no quiere ver.

- ¡Bueno, bueno! Tengamos la fiesta en paz y no nos enfademos entre nosotros. Ya tenemos bastante con trabajar. Si no nos apoyamos entre todos esta vendimia se nos hará más pesada -dijo Juan intentando calmar los ánimos-.

- No son todos así -dijo Vicente-. Marie, la tendera nos ha traído los huevos y las patatas que le faltaban a Manuel y no ha querido cobrarnos nada.

- Yo todos los días me tomo mi pastis en el bar y Mathieu nunca me ha hecho un feo -dijo Daniel-.

- Y la joven Marie también nos tiene aprecio -dijo Adela-. Tantos veranos juntas, nos han hecho muy amigas, aunque este año, casada y con el niño tan pequeño no nos vemos tanto, ¿Verdad Manolo?

- Sí, sí, claro. -Dijo Manolo palideciendo-.

- ¡Qué calladito te lo tenías, tunante! -dijo Lola de guasa - ¡Ay estos hombres! Siempre intentando picar de flor en flor. “¡Quiyo!” Media vida de novios y no se “desidía” a casarse, que al final ya “desía” yo. ¡Mi Manolo se me casa con una “fransesa”!

Todos rieron ante el gracejo andaluz de Lola, aunque la mayoría desviaba la vista.

- ¿Y tú Manuelillo, el más joven de “tos”, qué piensas?

- Yo no me quejo, señora Lola. Mademoiselle Céline y Monsieur Duvigne me tratan muy bien. Además de todos ustedes. De los demás, solo diré que Violette trata muy mal a Matilde sin razón. 

- ¡Ay mi muchacho! -Dijo Matilde- ¡Ya tengo paladín! Y tú, Maruja, que sepas que no me esperaba eso de ti. Ha sido un golpe bajo. Debías haber dicho que fuiste tu en vez de callarte como una muerta.

Maruja bajó la vista avergonzada y no dijo nada. 

- Bueno señores, -dijo Antonio- ya tenemos bastante por esta noche, vamos recogiendo y a descansar, que mañana vuelve el calor y la vendimia.

La mañana amaneció radiante y la cuadrilla trabajó sin descanso bajo el fuerte sol de fin de verano. Lola tenía náuseas y se desmayó. Sus compañeros acudieron a socorrerla.

- ¡Todos a trabajar! -Dijo Violette gritando- No es más que el calor.

- Habrá que llevarla al médico, no quiero problemas -dijo Monsieur Raspail.

- Déjame el coche papá. Yo la llevo.

- Bueno, pero no tardéis, que necesitamos todas las manos.

Las chicas le habían dado un poco de agua y ya le estaba volviendo el color. El coche se alejó y los demás siguieron trabajando.

Esa noche cuando iban a cenar llegó Monsieur Emile y le hizo una señal a Antonio. 

Volvió con el semblante serio y les dijo que habían detenido a Manuel acusado de robo por Gerard. Unos cuantos dejaron la cena en los platos y emprendieron el camino hacia el pueblo. 


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