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LA PREHISTORIA

 Las primeras bocanadas de libertad crean adicción.

Muchas veces me vienen a la memoria recuerdos de mi segundo año de instituto. Creo que ese curso cambió mi forma de ver la vida. Tras los muros de aquel edificio corría un cierto aire de libertad mientras la dictadura española daba sus últimos coletazos.

¿Marina? Berta. ¿Dónde te pillo? ¿En Urano? Ah, de congreso. Yo bien, sí, muy bien. Pues muy cerquita, en Neptuno. Sí, tenía unos días libres. Cuando quieras. Yo también. Sí, claro; puedo coger el bus interplanetario. Cinco microsegundos. Vale. En tu hotel. Mándame la ubicación. Hasta luego, guapa.

Los profesores no se parecían en nada a los del colegio. Pensándolo bien, algunos eran verdaderos bichos raros. A la mayoría les llamábamos por sus motes.

Hola Marina, cuánto tiempo. Sí, ¡Hacía tanto que no nos veíamos! Yo también te veo estupenda. ¿A quién? ¡No me digas! No te lo vas a creer, precisamente hace un rato estaba recordando el curso que nos conocimos y me han entrado tantas ganas de verte que no me lo he pensado. No, fue en segundo de B.U.P. Ya teníamos los quince. ¿El pato? ¡Claro que me acuerdo!

El pato era el profesor de matemáticas, no recuerdo a qué se debía el sobrenombre, aunque pensándolo bien, tenía un tono de voz gangoso como un graznido. Era un buen profesor.

- Antonio le imitaba muy bien ¿Te acuerdas? Es verdad, no paraba de fumar. ¿Y cuandonos decía: “Cambio un cigarrillo por un caramelo”? Sí, nos reíamos mucho en su clase.

Otras veces encendía un cigarrillo olvidando que había dejado uno a medias en el borde de su mesa, y lo más gracioso era cuando se equivocaba y se ponía la tiza en la boca.

- ¿Te acuerdas del mote de la profe de literatura? ¡Qué rabia, yo tampoco! Y el caso es que lo tengo en la punta de la lengua.

Recuerdo perfectamente sus facciones, era menuda, de voz frágil, y vestía de un modo muy estrafalario. Corría el rumor de que sufría de los nervios porque había sido abandonada ante el altar. A veces cuando el bullicio aumentaba se preparaba un cucurucho de cartón y explicaba la lección como una directora de cine mudo.

Sí, se pasaban mucho con ella. Yo creo que esa fue la única vez que la vi perder los nervios. Yo tampoco recuerdo quién fue. Sólo tengo la imagen del zapato volando. Sí, a mí también me daba pena. Yo tampoco he olvidado la emoción con que recitaba los poemas de Antonio Machado.

- ¡Qué memoria, Marina! ¡La gata loca, claro! La profesora de química. Se me había olvidado por completo. ¡Qué bruta era! Siempre tropezando cómo un elefante en una cacharrería. Fue la única que me mandó a septiembre.

Menos mal que me puse las pilas y saqué un notable. Cuando sacaba el genio sólo se oía su taconeo en la tarima.
La clase que más me gustaba era la de inglés.

¿No te acuerdas, Marina? Sí mujer, el joven. ¡Claro que era mayor! Sí, ese. El del bigotito. Era por la frase que decía cuando no habías estudiado “No sabe usted nada, joven, un uno”.

Nos enseñó muy bien la gramática. Y nos daba listas interminables de verbos irregulares.También nos descubrió los cuentos de Oscar Wilde.

Sí, no sé cómo pude vencer la timidez y pronunciar “Swalow, swalow, little swalow” en medio de aquel silencio.

De primero a segundo la clase obligatoria de religión pasó de ocho o nueve alumnos al pleno total. Todo gracias al Padre Vizcarra.

Tienes razón. Es el cura más transgresor que he conocido en mi vida. Enseñaba más filosofía que El Satur y nos leía a Manuel Aleixandre ¿te acuerdas?

Nos hizo ver que la vida no era como nos la habían enseñado. Hablábamos del amor libre, de sexo, del aborto, de la fe, de la represión, de la política, de la guerra civil... Temas tabú que los que nadie hablaba.

Nosotros también éramos distintos, había compañeros muy metidos en política.

- ¡Por supuesto que me acuerdo de Goyo! Era muy buen amigo de Juan. La joven guardia roja lo pilló de pardillo. Fue el único que tuvo narices para tirar las octavillas delante del cuartel. Sí, lo metieron preso. Yo sí que me acuerdo, lo molieron a palos. Pues sí, porque comprobaron que sólo era un pringado. Pero después bien que lo pagó en la mili. Sí, Canarias. Directamente al calabozo. Dos años horribles, casi lo consiguen. Juan y yo llorábamos con sus cartas. Pues en la enfermería. Sí, menos mal. El psiquiatra. Le dio pena y le ayudó. Se puso una grapa en la boca para alterar el electro. 

Aquel año viví mi primer amor, un tanto infantil al principio, con declaraciones primerizas que recorrían la clase de mano en mano, en un pedazo de papel con tantas dobleces que cabría en la mano de un niño. También nacieron y se forjaron grandes amistades que aún perduran, que el tiempo no ha podido borrar. El mundo de nuestra juventud es sólo un sueño en esta vorágine de vida. Sólo Manuel trabaja en La Tierra. Los demás estamos repartidos por la galaxia.

Pedro hace viajes interestelares. Ah, ya lo sabías. ¡Claro! No recordaba que sois vecinos desde su divorcio. Sí, se está haciendo tarde. Creo que usaré la cápsula de teletransporte. Voy a vigilar un poco a Juan y a los niños. No sabes de lo que son capaces cuando no estoy. Aunque esta noche hay fiesta hawaiana en el Resort y esa no me la pierdo. Tenemos que quedar más a menudo. Es bonito recordar la prehistoria.

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