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RECUERDOS DE VERANO


RECUERDOS DE VERANO 

Amber tenía nueve años cuando voló por primera vez a España para conocer a sus abuelos y sus tíos. Éstos fueron los encargados de recogerla. El autobús estaba lleno y subía lentamente la carretera estrecha y serpenteante. El paisaje cambió al entrar en la Vall de Gallinera. Las montañas encañonaban la carretera y el río plagadas del verde de pinos y  carrascas. Tras un sinfín de curvas llegaron a su destino, un pueblo pequeño llamado Benialí. La abuela les esperaba en la carretera. Era muy menuda pero bien proporcionada y tenía el cabello muy blanco. Menos las arrugas de la edad, su cara redonda era casi idéntica a la de su madre. La abuela la cogió en brazos aunque era casi tan alta como ella y le dio muchos besos. 
-  ¡Ay la meva xiqueta! Decía una y otra vez.
-  Mare, si li parla en valencià no l’entendrá.
-  Sí que lo entiendo, dijo Amber. Mi mamá me lo ha enseñado, pero me da vergüenza hablarlo.
Los tres se rieron y Amber se rió también. Se fueron bajando hacia la casa y Amber pensó que su madre se lo había descrito tantas veces, que le resultaba familiar. 
-  Yaya ¿dónde está el yayo?
-  Está en el campo con el macho recogiendo algarrobas. No tardará en llegar.
La niña estaba agotada y su abuela le ayudó a desvestirse y a ponerse el camisón. Después la acomodó en la cama que parecía envolverla como una suave crisálida.
En un instante se quedó dormida. El sonido lejano de una campanada le devolvió al mundo real un día después. Amber fue muy feliz aquel verano aprendiendo a hacer pan, recogiendo moras, lavando con su abuela, dándole de comer a los conejos y las gallinas, escuchando cuentos antiguos que nunca había escuchado, subida al macho que su abuelo llevaba sujeto camino de la huerta... Lo había pasado tan bien que no pudo contener las lágrimas cuando el autobús partió. 
Año tras año, volvía feliz al pueblo cuando llegaba el verano y lloraba cuando tenía que regresar, porque tenía pena de no ver más a su abuela. 
En el pequeño pueblo atesoró infinidad de recuerdos y presenció un suceso que le marcó. Cincuenta años después con la jubilación cercana era capaz de recordar cada instante tan claramente como si lo estuviera viendo en una película. Matilde, la amiga de su abuela entró agitando los canutillos de la puerta .
-  María ¿estás ahí? ¡Ah! Hola María. Pues que una mujer se ha puesto de parto en el autobús. La han bajado a casa de Elia. Ya han llamado al médico pero está en Pego y subirá lo más rápido que pueda. Vamos, date prisa, porque yo creo que está muy avanzada. María miró a Amber y ella le contestó con decisión: 
-  Yo voy contigo yaya.
-  ¡Ay María! ¡Gracias a Dios que ya estás aquí! He puesto sábanas limpias y estoy hirviendo un perol de agua, la pobre no para de gritar. Dijo Elia. Ven Matilde vamos a esperar fuera, no te vayas a desmayar como la última vez.
Amber y su abuela entraron en la habitación donde estaba la mujer sobre la cama con un blusón que le tapaba el enorme barrigón. Gemía y se revolvía con las manos sujetas a los barrotes de la cama.
-  Hola, soy María, la partera. El médico está de camino pero mientras llega déjame que te mire para ver cómo va todo. ¿Cómo te llamas hija?
-  Teresa, me llamo Teresa. Es mi primer hijo y tengo muchísimo dolor, estoy muy asustada, ¿esto es normal?
-  Lo más normal del mundo, todas tenemos miedo, pero todo va a salir bien, he ayudado a muchas mujeres a parir y el médico está de camino. Confía en mí, enseguida tendrás a tu hijo en brazos y todo lo demás se olvidará. 
Mi abuela sacó una especie de bocina sin goma y puso el extremo más ancho en la barriga de la mujer y acercó su oído a la parte más estrecha. 
-  Estoy oyendo el corazón del niño. Late con fuerza, como debe ser.
La naturaleza siguió su curso y salió la cabeza. Mi abuela tan solo le decía cuando tenía que empujar y fue sujetándole los hombros sin estirar hasta que salió del todo.  
-  ¡Es un niño! Dijo mi abuela poniéndole sobre el pecho de su madre y tapándole con una toalla caliente.
Todas llorábamos de emoción. Era hermoso y fuerte. Nunca olvidaré la cara radiante de la nueva madre y la mirada que le dirigió a mi abuela.
-  Dios la bendiga, señora María, si no hubiera sido por usted...
-  Nada, nada, hija mía, tu lo has hecho todo. 
Cuando llegó el médico el niño ya estaba mamando. 
-  Muy buen trabajo María. Gracias por ocuparte tan bien de los dos.
Mientras volvíamos a casa mi abuela me dijo:
-  Estoy muy orgullosa de ti, Amber, has sido muy valiente. Así es nuestra llegada al mundo. Las personas necesitamos sobre todo respeto y cariño en los dos grandes trances de la vida, que son el nacimiento y la muerte. No lo olvides nunca, cariño.
Sus palabras se grabaron en mi alma. Sin duda mi abuela ha influido en que sea matrona. Ahora soy una mujer madura y vivo feliz en un pueblo de Holanda con mi querido Thibo. Cada vez que me llaman para atender un parto siento a mi abuela junto a mí y lloro de felicidad cada vez que presencio el milagro de la vida.

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