UN PESCADOR QUE PESCA. (Partiendo de ahí cada alumno hizo su relato)
LA MORENA
Antón es pescador con la treintena cumplida, tiene un cuerpo atlético y es de carácter tranquilo y afable. Aprendió el oficio a fuerza de observar a su padre y su abuelo. De ellos heredó su pasión por la mar. Pero nada es comparable al amor que siente por María, su compañera. Aunque se conocen desde chiquillos, ya que vivían en el mismo barrio y sus padres pertenecían a la misma cofradía de pescadores. No comenzaron a salir en serio hasta los veinte años. Cuando Antón se le declaró, ella le aceptó sin dudar un segundo porque desde pequeña se había sentido atraída por él y sabía que estaban hechos el uno para el otro.
María era hija única. Cuando su madre murió contaba nueve años. Como siempre fue muy despierta y estaba habituada a las tareas que su madre enferma no podía hacer, aprendió en poco tiempo a gobernar la casa. Estaba muy unida a su padre y los días que no había escuela le acompañaba a pescar. Aprendió a echar la red y recoger el pescado y le tomó el gusto a navegar.
Antón heredó la barca de abuelo, la arregló, le dio unas cuantas manos de pintura y la bautizó “La Morena” en honor a María. Desde que empezó a ganar un jornal ahorraba todo lo que podía con la ilusión de comprar algún día casa y casarse con María. Después de buscar y buscar, encontraron una casita luminosa y antigua en el barrio del Cabanyal. Entre los dos la arreglaron con tanto gusto y cariño que cuando entran en ella sienten esa sensación alegre y fresca de casa nueva. Llevan ya dos años casados y son muy felices.
Se aman apasionadamente y aunque ninguno de los dos lo sepa aún, con la primavera llegará su primer hijo, lo que les colmará de felicidad, pues hace tiempo que lo anhelan.
Los días de echar y recoger la red María sale con Antón y él lo agradece porque nadie la sabe tirar tan bien como ella y su compañía le alegra el duro día de trabajo. Cuando los primeros rayos del sol asoman por el horizonte Antón apaga el foco de la barca. Mientras María se queda absorta mirando el espectáculo de la alborada, él la mira de soslayo con una mezcla de devoción y deseo. María, que lo sabe, se hace la desentendida porque es en ese momento, cuando más aprecia esa silenciosa declaración de amor que queda como un secreto entre ambos, compartido sólo con La Morena, el mar y las gaviotas.
Cuando se vislumbra La Puebla de Farnals, Antón va aminorando la velocidad para que La Morena avance muy lentamente y mientras, María va echando la red con sumo cuidado. Nunca, ni con la mar rizada, se le enreda o se le pliega. Tras poner las boyas amarillas que señalizan la red, almuerzan y los días tan buenos como hoy, con la mar en calma y un sol que quema se dan un baño refrescante.
Al cabo de unas horas comen un poco y van recogiendo la red separando el pescado, los lenguados en una caja, los pulpos y las sepias en otra, las sardinas, boquerones y morralla en la última. Nunca recogen más de tres cajas y eso cuando hay mucha suerte. Los alevines y el pescado sobrante lo devuelven al mar. Después inician el viaje de vuelta. Cuando el viento gira a Migjorn la travesía es rápida. María se sienta a estribor dejando que el viento alborote su larga melena y casi sin darse cuenta llegan al puerto. Primero van a la lonja donde descargan el pescado fresco para la subasta.
Hoy vuelven contentos pues la pesca ha sido fructífera. Tras dejar a La Morena y la red limpias en el amarre, regresan a casa en la vespa, los brazos de María abrazados a la cintura de Antón, que ya va pensando en la belleza de su cuerpo desnudo y las ganas que tiene de hacerle el amor con todo el ardor de su buen corazón.
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