LOS AMANTES DE SARAJEVO
Los dos quedaron tirados en medio de la calle que estaban cruzando. La ráfaga de metralla les alcanzó de pleno. Él murió en el acto. Ella aún pudo arrastrarse hasta su amado y abrazarlo antes de expirar. Permanecieron pudriéndose al sol en tierra de nadie durante ocho días de acusaciones mutuas entre los dos bandos. Nadie se atrevió a cruzar para recoger sus cuerpos.
Los veinticinco años de ambos les hicieron confiar en que su seguridad estaba garantizada y se adentraron en la zona de combate con la intención de llegar a un barrio desde el que podrían viajar a la capital más antigua, grande y poblada del país para iniciar una nueva vida.
Ocho años atrás se veían todas las tardes en un café y entre sorbo y sorbo, conversación a conversación, mirada a mirada y beso a beso, nació un amor que ni la guerra ni la muerte pudo destruir.
Habían crecido en una ciudad moderna, multicultural, europea, donde los matrimonios entre personas de distintas etnias eran habituales. Luego, ¿Quién hubiera podido ni siquiera imaginar un futuro tan cruento?
Tres años después de una larga búsqueda, el padre de la muchacha ha podido exhumar los cadáveres de los amantes tras ser hallados en una tumba sin nombre de un cementerio militar. Admira y Bosko reposan ya en la ciudad que fue testigo de su amor. En lo alto del cementerio del León, se hallan las dos tumbas juntas de cara al café en el que solían cortejarse.
En el funeral no se realizó ningún rito religioso, ni musulmán ni ortodoxo.
Ante la pregunta de numerosos periodistas del motivo de tal decisión Zijah, el padre de Admira contestó:
- No es mi decisión, sino la que ellos hubieran tomado. Si hubieran sido creyentes, no habrían seguido juntos. Con su muerte dejaron claro que su amor era más fuerte que cualquier creencia.
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