VOLUNTARIADO
Reconozco que la primera vez que entré en la residencia se me revolvieron las tripas. Había tenido un accidente camino de mi casa con bastante alcohol en el cuerpo y me empotré, con un ramo de tréboles y sin crisantemos, contra una farola.
El juez me dio a elegir entre tres meses de cárcel o tres meses de trabajo para la comunidad. No creo que les sea difícil adivinar mi decisión.
Lo que más me molestaba al principio era ese olor dulzón y corrompido que me hacía girar la cara hacia mi hombro.
- Por más que intentes taparte la nariz no te librarás de él, muchacho. Me dijo Juanita. Es el olor a viejo. Ya te acostumbrarás, hijo.
Juanita siempre me llama hijo. Un día le pregunté el porqué.
- ¿Tú ves al mío por aquí? Yo tampoco. Eres lo más parecido a mi hijo que tengo a mano.
Los tres meses se me pasaron volando. Además de Juanita, de quien admiraba su franqueza, conocí a Rosa que siempre me ganaba al parchís, Amparo que cantaba con buena voz para su edad canciones de una tal Piquer, Engracia, que siempre iba de punta en blanco como si se fuera de boda, Sara que había cumplido los cien años y tenía una memoria prodigiosa, Paquita que rezaba el rosario todas las tardes, Ana que tricotaba de maravilla y me hizo una preciosa bufanda de lana...
De los hombres guardo también un grato recuerdo, Damián un hombre de campo con las manos retorcidas por la artrosis que no le impedían ser el mejor compañero de dominó, juego al que me aficionó, Andrés, que fue viajante, siempre contaba los chistes más divertidos y subidos de tono, Antonio, un mujeriego hasta en la vejez con una labia que ya me gustaría a mí dominar para ligar, Floreal, culto y educado, exiliado en París con sus padres en la guerra civil que decidió volver a España tras jubilarse. Me acuerdo que siempre me decía:
- Que nunca tengas que pasar una guerra, muchacho. Yo pasé dos y sé de lo que hablo.
Cuando empezó la crisis del Coronavirus y leí en las noticias que los más vulnerables eran en su mayoría ancianos, sentí que debía devolverles lo mucho que me habían dado. Mi hermana, enfermera de urgencias me cuenta de primera mano todo el horror que acompaña esta pandemia. Así que bien equipado para protegerme siguiendo sus recomendaciones, me dirigí a la residencia como voluntario. Tenían ya dos casos positivos y me recibieron con los brazos abiertos. Juanita al verme me soltó sin tapujos:
- ¡Ay hijo, qué pinta más curiosa! ¿Vas de incógnito o es tu disfraz de carnaval?
Pese a todas las precauciones, los primeros casos se agravaron y rápidamente surgieron más. Comenzaron los ingresos y los primeros muertos. De todas las despedidas recuerdo especialmente las de Juanita y Floreal antes de partir en las ambulancias. Juanita me pidió la mano y me dijo:
- ¿A ver? Manos frías, ásperas y de color pitufo, yo me lo haría mirar. Has sido un buen hijo suplente, te lo agradezco.
Las últimas palabras de Floreal fueron:
- Adiós Javier. Esta nueva guerra me ha cogido por sorpresa, pero está visto que no hay dos sin tres.
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